Escucha Subterranea

 

Historias, cuentos, narraciones y vivencias escritas por webmasters y colaboradores.

La niña del cementerio

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 LA NIÑA DEL CEMENTERIO 


      La noche se alzaba fría y nublada. Parecía que presagiase un fuerte aguacero. Conducía mi taxi, un Chevrolet Corsa II GL 1.8 modelo 2008, a la espera de que algún cliente necesite de mis servicios.

 

     Circulaba por la Avenida Huayna-Cápac, en dirección a la González Suárez, en la ciudad de Cuenca (Ecuador). El tiempo había ido cambiando paulatinamente. Ahora existían unos nubarrones anaranjados amenazadores sobre la ciudad; sin duda aquella noche recibiría una fuerte lluvia.

 

 

    Eran las 11 pm y pasaba con mi taxi frente al cementerio. Aquella zona nunca antes la había visto tan desolada y oscura. La falla en uno de los generadores eléctricos del área había anulado la iluminación en algunas lámparas del sector.

 

     Unas gruesas gotas de agua empezaron a caer en el parabrisas de mi auto. La noche daba la bienvenida a una lluvia acompañada de vientos muy fuertes y gélidos. Una noche verdaderamente fría.

 

     De pronto me percato de algo. Sí, era una niña. Estaba sentada a la entrada principal del cementerio. El aspecto que tenía era deplorable. Al parecer emitía unos pequeños sollozos. Aquella pobre niña estaba llorando, pero ¿Qué le había ocurrido? ¿Habría sido víctima de un asalto? ¿Quizás algo peor? No podía dejarla en esas condiciones y soportando las inclemencias del tiempo. Tenía que llevarla a su casa, pensé.

 

     Detuve mi auto a pocos metros de la niña y le invité a que se acerque. Le dije que la llevaría a su casa. La verdad me conmovió aquella estampa a esas horas de la noche y en un sector muy peligroso de la ciudad:

  

     - ¡Niña, acércate, te llevaré a casa, no te cobraré!

 

     La niña me miró muy contrariada. No supe que decirle, su talante me taladró por completo. A pocos segundos estaba triste y luego cambió a una actitud de enfado, pero… yo solo quería ayudarla.

  

     -¡Niña, apresúrate que te empaparás, te llevaré a casa!

 

    Nuevo silencio. A decir verdad la situación me empezó a parecer un poco incómoda ¿Debía retirarme?

 

    Nuevo intento:

 

    -¡Niña, te llevaré con tu familia; sube que te resfriarás!

  

     La niña se incorpora de la vereda húmeda y fría y, a cortos y cansinos pasos, se acercó al taxi. Por cierto, su atuendo impresionaba: Un vestido blanco largo, le llegaba hasta los tobillos, sucio y ennegrecido; unas zapatillas de tacón, rotas y descoloridas; en la mano derecha llevaba un pañuelo, con el que, a cada momento, solía secarse aquellas gruesas y pesadas lágrimas que recorrían su mejilla.

  

    Ya habíamos recorrido algunas cuadras del lugar de donde la recogí inicialmente. La niña no quería responder cuando le preguntaba sobre donde vivía, así que decidí avanzar unas pocas calles a la espera de que me lo diga.

   

    La lluvia se había tornado más violenta si cabe. Una densa bruma, producto de la lluvia, se levantaba en la calzada, impidiendo una correcta visibilidad. Yo, por el retrovisor, veía a la triste pequeñuela, que, de pronto habló:

 

    -¡Señor, lléveme a esta dirección por favor!

 

     La pequeña me entregaba una pequeña nota, un pequeño pedazo de papel con una dirección en ella. Estaba un poco lejos, pero su figura y su malestar me habían conmovido, así que decidí llevarla hacia allá; me imaginé que era su casa.

 

    No dejaba de emitir unos lastimeros sollozos. Aquella pequeña niña sufría muy intensamente, así que decidí preguntar:

 

    - ¡Niña!, dime, ¿Qué te ha ocurrido, porque lloras de esa manera?

 

     Un prolongado silencio recibí como respuesta. Algo le ocurría, algo le hicieron a la pobre niña y debía llegar a dar con aquella causa.

 

     -¿Cómo te llamas?

  

     -Melany, respondió para mi sorpresa.

 

     -Dime Melany, ¿Qué te ha ocurrido, cuéntame? Debes confiar en mí, no te haré daño, solo pretendo ayudarte es todo…

  

     Según mi primera impresión Melany debía tener unos 15 años aproximadamente; su edad me sería ratificada luego.

  

     -No ha pasado nada señor, dijo la niña. Sólo lléveme a mi casa.

  

      Fin de la conversación. Sabía que no podría sacarle información sobre su estado de ánimo menguado. La crisis de nervios y los sollozos desgarradores anunciaban que algo grave le había pasado, pero, saber de que se trató…

 

     Es extraño, pero luego de que la conversación terminó en aquel punto, empecé a sentirme raro. Una extraña sensación había empezado a invadir el interior de mi auto. Una sensación de tristeza y soledad. El ambiente también cambió un poco, ahora se sentía un poco mas frío que antes. Debo poner la calefacción, pensé.

 

     Por el retrovisor seguía analizando a Melany, no había cesado de llorar y eso me impacientaba, pero había algo más. Su aliento dejaba ver que allá atrás hacía un frío mucho más severo que en la parte delantera. Su aliento se dibujaba en el gélido ambiente, dándome la información. Opté por prestarle mi chaqueta para que se cubra.

   

     -Melany, te presto mi chaqueta, veo que tienes mucho frío.

  

     Con un gesto apagado, tomó mi chaqueta y se cubrió.

 

     Yo solamente quería cubrir los kilómetros que aún nos separaban de aquella dirección. Mi intensión era hablar con su madre o con algún familiar y contarles lo ocurrido: contarles donde la encontré y en qué situación. Los minutos eran eternos.

 

    Al fin, ya estamos llegando, pensé nuevamente. De la casa de la chica únicamente nos separaban unas calles. Eran las 11:50 pm, el frío era intenso y la lluvia no cesaba.

  

    De pronto, Melany dice:

 

    -¡Allí señor!, esa es mi casa

 

    Efectivamente, habíamos llegado.

 

    La casa en cuestión era muy bonita: tenía un balcón adornado con unas flores de colorido exótico; unas ventanas muy conservadas y de marcos de madera rústica; el color de su fachada dejaba ver un tono verde pastel. Aquella casa poseía un cierto encanto.

 

    -¡Gracias señor!, dijo la pequeña con un talante más fortalecido.

 

    Bajó del auto y corrió hasta el vestíbulo de su casa, abrió la puerta e ingresó atropelladamente en ella. Me quedé unos minutos meditando sobre aquel suceso, tristemente fijado en mi mente. Recordaba aquel encuentro en ese lóbrego y oscuro lugar y la lluvia empapando a Melany.

 

     No recuerdo cuanto tiempo habría pasado pero sentí una necesidad de ir a preguntar por la salud y estado emocional de la pequeña. Tomé un el diario que había comprado aquella mañana y, sosteniéndolo en mi cabeza, traté de protegerme de la lluvia mientras llegaba al portón de la casa de la niña.

 

     Golpeé la puerta a la espera de que alguien la abra. Silencio.

 

    -Que raro, pensé. Melany llegó en un estado emocional grave, su familia debió alarmarse con esa escena.

 

    Nuevamente llamé. No obtuve respuesta.

 

    Decidido en retirarme de la casa, giré sobre mis talones dispuesto a regresar a mi auto. Tomé el diario y lo ubiqué nuevamente sobre mi cabeza. A punto de emprender la carrera hacia el auto escucho… La puerta se abre y una dama, de unos 50 años me da la bienvenida.

  

    -Buenas noches señor, ¿busca a alguien?

  

    La pregunta me desmoronó e impresionó

 

    -Solamente quería saber sobre la situación de su hija, es todo.

 

    -¿Hija?, pero, ¿a qué se refiere?

 

    Algo pasaba allí. Aquella dulce señora no sabía lo de la pequeña, posiblemente Melany se apresuró a llegar a su habitación evitando hacer ruido para que su familia no se enterase del percance.

 

    -Señora, mire, yo recogía una pequeña niña en la vereda del cementerio, estaba sentada y soportando toda esta tormenta. Decidí traerla hasta su casa; ella me dijo que vivía aquí, su nombre es Melany.

 

     Luego de haber pronunciado el nombre de la pequeña, aquella dulce señora cambió su rostro; de uno bondadoso a uno serio, que denotaba cierta tristeza de fondo.

 

    -Melany efectivamente es mi hija, murió hace unos años atrás; fue violada junto al cementerio a altas horas de la madrugada. Ella fue a visitar a una amiga que vivía allá y, juntas, salieron a caminar por el barrio, es ahí cuando unos desadaptados sociales les cierran el paso. La amiga de mi hija, Karen, Logró escapar, pero mi hija… no tuvo la misma suerte, la mataron luego de violarla salvajemente. Solo tenía 16 años por Dios.

 

     Una tempestad de lágrimas empezaron a humedecer el rostro de aquella dulce dama. La pérdida de su hija hasta la fecha no ha logrado ser superada. Y eso se comprende.

 

     Una helada sensación me recorrió todo el cuerpo. ¿He estado conversando con un fantasma?, pensé.

  

     La dulce dama me llevó al interior de la casa; llegamos hasta la sala y me mostro una fotografía.

 

     -¿Es ella?, me dijo.

 

    Efectivamente. Era Melany, solo que en aquella foto lucía radiante, su semblante era el mejor. En aquella ocasión estaba destilando una felicidad notoria.

 

     Y aquellas imágenes nuevamente llegaban a mis recuerdos:

 

     Aquel aliento dibujado en el gélido ambiente del interior del vehículo; aquel repentino frío que invadió mi auto. Sabía que no era normal.

 

     Algo a lo que no presté atención anteriormente hasta que Doña Hilda, como se llamaba su madre, anunciando la noticia de la muerte de su hija hace años atrás, me sobrecogió:

 

    Cuando veía a la pequeña por el retrovisor, notaba cierta extrañeza en ella; era como si estuviera “difusa” cuando la veía por el cristal. El retrovisor no estaba sucio, no, era ella la que se encontraba “borrosa” en ocasiones. Algo llamó mi atención en las escaleras que conducían al segundo piso del inmueble. Sí, era mi chaqueta, estaba asentada sobre uno de los escalones de madera. Extrañado la recojo y con una mueca de dolor encamino mis pasos hacia la salida.

  

    Luego de unas confortables condolencias abandono el lugar, con un vacío dentro de mí; con aquella sensación que se había convertido en mi compañera aquella noche. Con aquella soledad, que se apoderaría, por un tiempo muy largo, del interior del auto.

 

    La lluvia había decrecido en intensidad; solamente el frío causaba mella en el estado de ánimo.

 

    Desde aquella noche, cada vez que paso por el cementerio… revivo aquella escena. Los recuerdos me atropellan, me atenazan. Aquellas imágenes no se me borran, siguen vivas, como la primera vez, nítidas. El rostro de aquella niña, Melany, y las sucesivas lágrimas que desfilaban por su rostro, jamás abandonarán aquel baúl de anécdotas y recuerdos que lo guardo en lo más profundo de mi ser.

 

 

Puedes seguir los inquietantes relatos de nuestro colaborador Esteban Coronel  (Nefeš_metah) en su blog Fenómenos Paranormales y de Alta Extrañeza